Y así fue.
Antonio y Vittoria fueron nuestros acompañantes, o nosotros los suyos. El viaje fue entretenido y lluvioso. Alertados por la "posible avería" del coche, íbamos haciendo bromas al respecto.
La llegada al hotel, el hotel en sí, la cena a horas ciertamente inadecuadas...
El día de la boda.
Preparativos, prisas, risas, saxofones... maquillajes, trajes, tacones... mochilas, portatrajes, más tacones, consignas hoteleras... taxis que nos lleven a la iglesia.
La misa fue hermosa, con mucha música y en algunos momentos emociones a flor de piel. Aunque he de reconocer que en algunos momentos, también hubo risas, individuales y colectivas.
Despues vuelta al hotel, para celebrar el feliz enlace. Charlas animadas, miradas entrecruzadas, risas, a veces escondidas y otras más públicas. Conocer gente nueva, volver a ver a conocidos, observar las caras, los gestos...
Y compartir ese rato con otras personas.
La comida fue entretenida, igual que el baile posterior. Más risas, más animación.
Prisas (menos que en la boda), risas (también algunas menos), sin saxofones pero sí con tacones, y muchos sobrinos. Todos los sobrinos. Diez... el mayor de 12 años, el pequeño de 2 meses.
En la iglesia, pensar en juegos silenciosos y entretenidos para los más pequeños (fuera llueve), y compartir la ilusión con el protagonista del día. Sus ojillos hervían de nervios, ilusión... y algunas décimas de fiebre que no han sido capaces de dejarlo tranquilo.
Despues comida familiar, jugueteando con los sobrinos, disfrutando de la familia. Eso sí, sin muchas celebraciones posteriores; la resaca estaba haciendo mella.
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